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Del elitismo y la violación de derechos a un país con ideales basados en 1810
El centenario, el bicentenario y los trabajadores
Escribe: Carlos Tomada, ministro de Trabajo de la Nación

BUENOS AIRES, 31 de mayo - El Centenario fue un año de festejos para pocos, en el que los trabajadores fueron excluidos, acallados y reprimidos. Hoy, cien años después, hay un gobierno que piensa en el trabajo como un eje fundamental del desarrollo del país y actúa en ese sentido.

La Argentina recibió el Centenario de la Revolución de Mayo como una potencia mundial y con el mote de “granero del mundo”. Todavía hoy se escuchan voces que añoran esa época. Sin embargo, detrás de esa imagen que la oligarquía porteña se encargaba de fomentar, había un país elitista, inequitativo y violatorio de derechos.

Los trabajadores y la gente de escasos recursos fueron los que más sufrieron ese modelo de país. En 1904, Juan Bialet Massé, autor del Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina (1904), alertaba: “De un lado se han encendido los fuegos del lujo, del oropel y de la codicia desmedidos, y por el otro las miserias del pobre reciben, como esperanzas, como promesas, sin ver si se acomodan a su ser y a su medio, doctrinas utópicas o explotaciones hipócritas”.

Las condiciones laborales ponían a los trabajadores en el lugar de verdaderos parias. “Son rarísimos los patrones que se dan cuenta de que el rendimiento del trabajo es directamente proporcional a la inteligencia, al bienestar y a la alegría, sobre todo, del obrero que lo ejecuta, y no al tiempo que dura la jornada, cuando ésta pasa de su límite racional”, señalaba Bialet Massé.

Estudios sobre el trabajo de aquella época demuestran como también eran explotados mujeres y niños. No eran pocas las mujeres que cargaban como sostén de la familia y recibían salarios míseros, en ambientes poco saludables, el trabajo infantil también era un problema. Así lo describe Bialet Massé: "Hay en las cigarrerías niños y niñas de 8 a 12 años. Algunas estaban anémicas, pálidas, flacas, con todos los síntomas de la sobre fatiga y de la respiración incompleta".

La tensión entre los trabajadores organizados y el gobierno crecía día a día. Un año antes del Centenario, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), conmemoró el Día de los Trabajadores en la Plaza Lorea. Allí los trabajadores fueron reprimidos por orden del jefe de la Policía, Ramón Falcón. El resultado fue: 8 muertos y más de 100 heridos. Luego vino una huelga masiva de la FORA y meses después el asesinato de Falcón a manos de un joven anarquista ruso: Simón Radowitzky.

Tras el atentado a Falcón, el gobierno de Figueroa Alcorta decretó el estado de sitio y detuvo a dirigentes obreros. Al mismo tiempo, grupos de jóvenes de la oligarquía atacaron e incendiaron locales obreros y las imprentas de La Protesta y La Vanguardia , dos publicaciones que eran la voz de los obreros.

El festejo de unos pocos
El gobierno de Alcorta hizo de 1910 un año de celebraciones centralizadas en Buenos Aires y a las que sólo tenían acceso la gente con poder. Se organizaron grandes desfiles y se enviaron invitaciones a los reyes y gobernantes del mundo occidental. Se quería mostrar un país pujante, sin conflictos. Se ocultaban los problemas sociales.

La FORA lanzó una huelga general para la semana de mayo y realizó una manifestación que reunió a 70.000 personas. Nuevamente el gobierno decretó el estado de sitio y el Congreso sancionó la Ley de Defensa Social, que incluía la pena de muerte para los activistas sindicales, limitaba la actividad gremial, prohibía explícitamente la propaganda anarquista y el ingreso de extranjeros que hubieran sufrido condenas por motivos políticos.

Ese fue el método que la oligarquía porteña empleó para que no se viera todo aquello, que a su entender, opacaría los festejos. El intelectual José Pablo Feinmann hace el siguiente análisis: “1910 es un largo año de festejos. Semeja lo que fue 1978 para la dictadura de Videla. Semeja el mundial de los militares. Vengan, vean, he aquí el paraíso terrestre. Un país de ganadores, un país que dejó atrás sus contradicciones, que eliminó sus enemigos internos, que se ha unificado en torno a lo mejor de sí mismo. Ahora, la fiesta”.

Por su parte, el historiador Felipe Pigna señala que fue un Centenario “con la prensa obrera incendiada y acallada, dos mil trabajadores detenidos, cien deportados y otros cien enterrados en el infierno del penal de Ushuaia”.

Llegamos al Bicentenario
Luego de los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo de los cuales fuera excluida absolutamente la clase trabajadora hoy, luego de las largas luchas y las importantes conquistas que se han logrado a lo largo de los años transcurridos, el contexto en el que recibimos el Bicentenario es felizmente distinto.

Debemos tomar el Bicentenario argentino como un puente firme para continuar profundizando los ejes centrales que venimos trabajando en todo el país y la región, para lograr una nación donde la igualdad de derechos sea un hecho.

No es necesario retroceder cien años en la historia de nuestro país para advertir como el trabajo ha sido protagonista de hechos penosos a consecuencia de sucesivas dictaduras y la aplicación de modelos y recetas de políticas neoliberales, que sólo dieron por resultado la regresión de todas las victorias obtenidas en el país para la clase trabajadora. La historia reciente nos muestra que para los trabajadores, el Bicentenario podría no haber sido un motivo de festejo.

Según diferentes encuestas de principios de este siglo, la desocupación era la principal preocupación de los argentinos y los datos que se anunciaban día a día eran poco promisorios. En 2001 se destruían 1.570 puestos de trabajo diarios y en 2002 la desocupación fue la más alta de la historia, y más de 5 millones de personas tenían problemas de trabajo.

Esa situación comenzó a revertirse progresivamente a partir de 2003, luego de que asumiera un gobierno que puso al trabajo como eje central de sus políticas públicas. Para el cuarto trimestre de 2009 se redujo considerablemente la desocupación, llegando a ser de sólo un dígito. Durante los últimos siete años se crearon 1.040 puestos diarios.

Nuestros jóvenes fueron los que más sufrieron las consecuencias de la implementación, durante años, de modelos en los que la inclusión social no estaba presente. En 2001 el país llegó a tener más 1,2 millones de desocupados sólo en la franja que va de los 20 a los 35 años. En tanto, las mediciones de 2009 muestran que dicha cifra se redujo a casi la mitad. Se paso del 43% hace 9 años a un 28,5% en el último trimestre del año pasado.

El sector empresarial también sintió el impacto de las distintas crisis que atravesó el país; el nivel de ocupación en las PyME de la industria llegó a caer un 53 % en 6 años (1994-2000). Entre 1998 y 2001 cerraron 13 mil empresas. En contra posición, desde 2003 y hasta la actualidad, durante la gestión de Néstor Kirchner y la transcurre de Cristina Fernández se crearon 50 mil empresas y la ocupación del sector creció un 49% para fines de 2009.

A los altos índices de desempleo se sumaban los empleos de baja calidad. En el Plan de Convertibilidad, la tasa de empleo no registrado se incrementó en un 15,9 %. En tanto que entre 2003 y 2009 se redujo a un 13,3 %.

Todos estos avances mencionados son la muestra de que no fue un error abandonar el apego al modelo de la perversa promesa de goteo y derrame para dar lugar a la distribución. Es menester apuntalar la dignidad de los trabajadores, ayudar al crecimiento de la actividad industrial y fomentar el consumo interno.

Esta Argentina de 200 años de historia ha recuperado la cultura del trabajo, del empleo y de la educación. No hay estado de sitio ni represión para los obreros. Es un Bicentenario con espacio para todos.


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