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Algunos recuerdos de mis visitas a Juan Perón en Madrid
Las quejas, las bromas y los mensajes del general
Escribe Lucio Garzon Maceda, consultor laboral, especial para Noticias Gremiales
En enero de 1962, pude visitarlo, por primera vez, luego de atravesar el filtro fino de su “introductor” madrileño, el honorable De la Hoz. Juan Perón, entonces, aún vivía en un departamento cercano al estadio Bernabeu; en el piso superior residía la inolvidable Ava Gardner, quien con sus ruidosas fiestas nocturnas, no lo dejaba dormir.

En aquella oportunidad, sin perder su amabilidad y su eterna sonrisa,  ante uno de los visitantes, -las entrevistas, a veces, eran en grupo-, se quejó de la inconsecuencia de algunos gremios a quiénes él, desde el gobierno, había favorecido especialmente. Uno de ellos era la Federación Obreros Cerveceros. El destinatario de la queja se había presentado como delegado de esa organización, apellidado…Paladino, quién se habría distinguido -según sus dichos- en la resistencia de los años 56-57; años después siendo designado delegado del General, algunos visitantes de Puerta de Hierro en los años 70, solían repetir una broma, en el mejor estilo del General, la que decía que “…no se sabía bien si Paladino es el representante del General ante la Junta Militar o, a la inversa, Delegado de la Junta ante Perón…”. Era el mismo humor cáustico aplicado por Perón al influyente enviado personal de Lanusse, el Coronel Cornichelli; Perón lo llamaba, como equivocándose… Coronel Vermichelli…

También en aquella primer visita estuvo presente, junto a Paladino un profesional, de apellido Otalagano, al que yo, como a Paladino, desconocía.

Cuando se retiraron esos dos visitantes, seguimos la charla con el general y con su fiel colaborador, Américo Barrios; me pareció evidente que el General, en esa ocasión me “dedicó” algunas “precisiones” para que yo, a mi retorno, las transmitiese convencido en los medios sindicales cordobeses. Hablamos de sindicatos, pero también de Cuba y de los fusilamientos –muy actuales en esos días- los que habían sido criticados por el Dr. Otalagano. Recuerdo bien que me dijo: “¿Ud. no cree Garzón, que cuando regresemos a la Patria , habrá que dar algunos escarmientos…? Nada será fácil, como algunos creen.” A renglón seguido, refiriéndose al Otalagano y a sus apreciaciones cubanas, me dijo, riéndose “Garzón no se equivoque ni se preocupe…él no es Otalagano, es Otalo…pierdo”. A más del chiste la intencionalidad fue evidente.

Salí, como todos quiénes lo visitaban por vez primera, cautivado por su lógica y su simpatía, sorprendido por el excelente estado físico exhibido, -gran preocupación de los argentinos en todas las épocas- del que hizo gala, para mi sorpresa, saltando por encima de un sofá que separaba el espacio-living del comedor… Era, obviamente, otro mensaje que yo debía transmitir.

En marzo del 62,  dos meses después, dada la buena acogida y la buena onda de la primer entrevista, a mi retorno a Madrid, terminado el periplo europeo de recién casado, pude volver a reunirme, esta vez, en un momento crucial. Habían pasado dos días después del triunfo de la formula de Framini-Anglada en Provincia de Buenos Aires. En esa ocasión, cuando lo felicité por el resultado electoral, -era el primer gran triunfo de un peronista después del 55- para mi sorpresa, me dijo: “No Garzón, no me felicite a mí, este triunfo no es mío…Este es el triunfo de los muchachos de las “62” ”… Aunque sorprendido recordé lo que me había adelantado, en enero, el introductor de visitantes, el ex diplomático De la Hoz: “…Perón teme las consecuencias para Frondizi de un triunfo de un candidato peronista, Perón no desea su caída…”. Los dirigentes de las “62”, con Augusto Vandor y Amado Olmos a la cabeza, prácticamente le habían impuesto a Perón, en ocasión del viaje a Madrid en enero, la conformidad para la candidatura de Andrés Framini; Perón proponía otro candidato que permitía, con su triunfo mostrar su vigencia y representatividad, pero sin dar pie nuevas presiones sobre el ya muy debilitado gobierno de Arturo Frondizi. De allí que esa noche a 48 horas del primer gran triunfo electoral, Perón no se lo adjudicase como un triunfo personal y que en definitiva, al así actuar, demostrar su preocupación por las consecuencias, que se confirmarían pocos días después.

Al salir de la entrevista, ya despidiéndome, comente mi impresión con Enrique Pavón Pereya, su biógrafo ortodoxo y coincidió que Perón no consideraba un avance, para su estrategia, el triunfo del peronismo en la persona de Framini.

A veces cuando recuerdo esa afirmación terminante de Perón sobre el triunfo de Framini-Anglada de marzo del 62, no puedo menos que acoplarla a una declaración puesta en boca de Lenin, -otro gran estratega de la política-, quién habría dicho, al respecto, “si en la política la menor distancia entre dos puntos-objetivos fuese una línea recta, a la política la harían… las cocineras…”.

Peron estaba convencido que el triunfo de Framini sería inaceptable para el Ejercito y sabía también que su estrategia de avance requería de líneas quebradas por avances y por retrocesos y no por una línea recta que en lugar de fortalecerlo lo debilitaba… Asi ocurrió.

Años después volví a ver a Perón en 1965 -en dos oportunidades- y en  en octubre de 1969 -en tres reuniones, junto con un “ahijado político” suyo, Juan Manuel “Chiche” Montes, hijo de su camarada del GOU, el Cnel Montes; hablamos mucho del Cordobazo, al que se refirió por escrito -en una de las muy pocas oportunidades en que lo hizo-, en carta que envió a Elpidio Torres, para entonces preso en Neuquen.

De esas conversaciones ricas, abiertas y cariñosas guardo el mejor de los recuerdos porque me permitieron  acercarme al hombre, a la sombra del mito…


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